Miguel Ángel Montero Jordi, nuevo académico correspondiente

5 de febrero de 2026

El vicario episcopal reflexionó en su discurso de ingreso sobre el concepto de certeza moral en el Derecho Canónico

La Real Academia San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras celebró una sesión solemne con motivo del ingreso como académico correspondiente de Miguel Ángel Montero Jordi, en un acto que estuvo presidido por Juan Salido Freyre, quien fue el encargado de dirigir la sesión y de imponer la medalla de la Corporación al nuevo académico una vez finalizado el discurso titulado «Certeza moral y pericia psicológica en el proceso canónico».

La presentación de Miguel Ángel Montero Jordi corrió a cargo de Ana María Orellana Cano, magistrada de la Sala de lo Social del Tribunal Supremo y vicepresidenta de Ciencias de la Academia, quien trazó un recorrido por su perfil humano, intelectual y jurídico.


En su intervención, el nuevo académico comenzó evocando su vinculación personal y afectiva con la Academia de San Dionisio desde su infancia, una institución que, junto al Cabildo Catedral, ha formado parte de su universo vital y espiritual, marcada de manera especial por la figura del padre José Luis Repeto. Expresó la profunda ilusión y el honor que supuso para él su incorporación a la Corporación, sentimiento que ya había experimentado anteriormente al asumir otros encargos eclesiales ligados a los lugares donde se había formado.


El eje central de su discurso se articuló en torno al concepto de la certeza moral como fundamento último de la justicia, especialmente en el ámbito del Derecho Canónico. Partiendo de la idea de que la justicia sólo puede asentarse sobre la verdad, expuso que al juez eclesiástico se le exige una decisión basada exclusivamente en la verdad objetiva de los hechos, alcanzada mediante la exclusión de toda duda razonable y prudente, aunque sin pretender una certeza absoluta, que pertenece únicamente al ámbito divino. La certeza moral, afirmó, se configura en la conciencia del juez, en una responsabilidad profunda ante Dios, que compromete no sólo su conocimiento jurídico, sino también su dimensión ética y espiritual.


Durante su exposición, abordó el canon 1608 del Código de Derecho Canónico como referencia normativa esencial, explicando que la certeza moral se alcanza a partir de lo alegado y probado, valorando las pruebas en conciencia y conforme a criterios objetivos. Subrayó que esta certeza «no equivale a una mera probabilidad ni a una convicción vaga, sino a una seguridad fundada que permita al juez emitir una sentencia justa», especialmente en causas tan delicadas como las relativas a la nulidad matrimonial.


Miguel Ángel Montero Jordi defendió asimismo el papel de la pericia, en particular la psicológica, como instrumento procesal que aporta luz y objetividad al discernimiento judicial, sin sustituir nunca la responsabilidad última del juez. Reivindicó el Derecho Canónico como una auténtica pastoral judicial orientada a la salvación de las almas, recordando que «la paz es fruto de la justicia y que los tribunales eclesiásticos se convierten con frecuencia en espacios donde afloran el sufrimiento y las heridas más profundas de las personas».


A lo largo de su intervención, realizó un recorrido histórico y doctrinal por la evolución del concepto de certeza moral, desde sus raíces en el Derecho romano hasta su formulación precisa en el magisterio de Pío XII, cuyas aportaciones siguen siendo hoy un referente esencial. Destacó la necesidad de superar planteamientos excesivamente rigoristas y de orientar la labor judicial hacia el favor de la verdad, entendida como búsqueda sincera de la realidad de los hechos, más allá de intereses formales o presunciones automáticas.


En la parte final de su intervención, Miguel Ángel Montero Jordi quiso subrayar que su exposición había pretendido «ofrecer una aproximación clara y accesible al concepto de la certeza moral, entendida como una auténtica aventura apasionante hacia la verdad». Recordó que uno de los instrumentos fundamentales para alcanzar esa verdad es la pericia, especialmente en el ámbito judicial canónico, al aportar al juez elementos objetivos que le ayudan a comprender realidades humanas profundamente complejas. No en vano, evocó las palabras de la Escritura al señalar que el corazón del hombre es complicado y difícil de conocer, lo que hace especialmente valiosa la ayuda del perito para iluminar ese entramado interior.

Explicó que, a partir de esa aportación técnica, corresponde al juez realizar un discernimiento global, integrando todos los elementos probatorios en un ejercicio de responsabilidad personal que se desarrolla en lo más íntimo de la conciencia, ante Dios. Una tarea que definió como especialmente hermosa y, al mismo tiempo, cargada de una enorme responsabilidad, al estar directamente vinculada a la verdad de las personas y a la justicia que la Iglesia está llamada a ejercer.

El nuevo académico concluyó su discurso apelando a un principio esencial del magisterio de Juan Pablo II, recordando que en toda realidad de justicia dentro de la Iglesia «la verdad debe ser siempre la madre, el fundamento y la ley de la justicia». Una afirmación que sintetiza el sentido profundo de su reflexión y que enlaza con la vocación última del Derecho Canónico como servicio a la verdad, a la justicia y a la dignidad de las personas.

El acto concluyó con la entrega de la medalla de la Real Academia San Dionisio al nuevo académico correspondiente por parte de su presidente, en un clima de reconocimiento institucional y de reflexión académica, que puso de relieve la vigencia y profundidad de un tema clave para la justicia, el derecho y la vida de la Iglesia.